Vivimos rodeados de ondas, radiaciones de diversa intensidad, emitidas por las comunicaciones inalámbricas y la infinidad de aparatos eléctricos y electrónicos que nos circundan.
En la actualidad no se descartan por completo sus efectos nocivos y, de hecho, hay numerosos estudios e investigaciones médicas y científicas que avalan las consecuencias negativas sobre nuestra salud.
El número de focos generadores de contaminación electromagnética en nuestro entorno ha ido en aumento progresivo con el paso de los años.
Líneas eléctricas, transformadores, antenas de telefonía, wifi, radio y televisión están cada vez más presentes en el paisaje urbano y los campos electromagnéticos generados por estos inundan nuestras casas penetrando en su interior a través de muros, techos y ventanas sobrecargando su fondo electromagnético.
Teléfonos inalámbricos, routers wifi, teléfonos móviles, tablets, video consolas,…, forman parte de nuestro día a día en el interior de nuestras casas.
Remitiéndonos al texto aprobado por el Comité Permanente que actúa en nombre de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa en su Resolución 1815 sobre los “Peligros potenciales de los campos electromagnéticos y su efecto sobre el medio ambiente”, tomar todas las medidas razonables para reducir la exposición a campos electromagnéticos, especialmente a radiofrecuencias de los teléfonos móviles y en particular la exposición de los niños y personas jóvenes es de suma importancia para anteponer nuestra salud frente al avance tecnológico.